El asco, junto a la alegría, la tristeza, la ira, la sorpresa y el miedo, es una de las denominadas emociones primarias o innatas que nos ha ayudado a sobrevivir como especie.

 

Que un ambiente sucio y, por tanto, probablemente infeccioso y perjudicial para la salud sea capaz de activarnos de modo que tengamos ganas de alejarnos de él ya que nos provoca asco, nos ha ayudado a sobrevivir frente a otros miembros de la especie que, incapaces de sentir esa misma sensación, no supieron evitarlos a tiempo y fueron presa de enfermedades.

En épocas pasadas no había laboratorios, ni fechas de caducidad ni otra forma de saber en qué momento los alimentos podían resultar más perjudiciales. No teníamos forma de sopesar si comer o no algo que nuestros propios sentidos y sensaciones nos producían rechazo.  ¿Por qué nos provocan asco cosas como el pescado crudo o las vísceras cuando cocinadas “no están tan mal”? Es la forma con que nuestro cuerpo y nuestra “memoria genética” nos dice que las cosas cocinadas tienen menos bacterias y agentes peligrosos para la salud que las cosas crudas.

¿Pero en qué consiste la sensación de asco? El malestar viene provocado por la activación de la las amígdalas cerebrales, que pertenecen al sistema límbico, donde se procesan también otras emociones. Estos grupos neuronales activados se acompañan de un aumento de la reactividad gastrointestinal: el organismo se prepara para expulsar de su cuerpo cualquier agente extraño ingerido con las náuseas y llevado al extremo, el vómito.

shutterstock_253719919Otra forma con la que el asco nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de los siglos es por nuestra capacidad de expresarlo. Cuando algo nos da asco, nuestra cara lo refleja: casi como un acto reflejo fruncimos el ceño y arrugamos la nariz, elevamos las mejillas, elevamos los párpados inferiores y levantamos el músculo orbicular (o músculo besador) de la boca. Y esto tiene mucha utilidad para el grupo. “Decirles” por nuestro gesto facial al resto del grupo el asco que provoca, por ejemplo, un fruto recién cogido, ayuda a que, en caso de que este sea venenoso, del grupo sólo muera el glotón que lo probó primero.

También nos ha ayudado a la hora de mantener al grupo unido y, por tanto, fuerte y funcional: la expresión del asco es también una forma de censurar conductas ajenas sexuales o antihigiénicas, aunque en este punto intervengan, además de factores innatos, factores culturales.

Así pues, a pesar de lo desagradable que nos resulta nuestra capacidad de asquearnos (felices viviríamos si nada nos hiciera sentir mal), esas incómodas sensaciones nos han resultado, por mucho que nos pese, utilísimas.