El cambio horario no deja de ser un uso habitual en nuestro “reloj” basado en las horas de insolación y al parecer con el objeto de obtener un presunto ahorro energético puesto en duda por algunos.

En cualquier caso llegado el momento, y nos ha llegado este fin de semana, tiene sus consecuencias, no sólo en que cuando nos levantemos no será tan de día y cuando nos acostemos el día se nos habrá hecho más largo, sino además a que desde el solsticio de invierno el día va aumentando poco a poco en relación a la noche.

Otras derivadas lógicas de estos cambios en los husos horarios provienen de nuestro reloj biológico, es decir de aquel que regula nuestros estados de vigilia y sueño, el que mide nuestros ritmos circadianos (procesos que se repiten cada 24 horas aproximadamente ligados a la rotación de la Tierra, y a las consecuencias que lleva consigo sobre la variación de la luz, temperatura, etc…) y está dispuesto a modular nuestra actividad en base a ciclos de 24 horas y 11 minutos, teniendo además en cuenta que los ritmos de luz y oscuridad, así como otros factores endógenos y exógenos.

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La verdad es que adelantar o retrasar una hora no tiene por qué generar grandes trastornos (dicen los expertos que hacen falta desfases horarios de entre 2 y 4 horas para que los efectos sean aparentes), pero en cualquier caso, unos más y otros menos, en dependencia del grado de sensibilidad a estos fenómenos, seguro que vamos a encontrar algún cambio o manifestación asociada a los citados biorritmos.

En primer lugar ya hemos comentado en otras ocasiones que el centro neurológico donde se controlan los estados de vigilia y sueño se encuentra en la base del cerebro nuestro cerebro, en concreto en una zona de reducidas dimensiones, de aproximadamente 0.8 milímetros cúbicos en la región del hipotálamo.

La sintomatología que puede desencadenar en los primeros días, hasta que el organismo se acostumbre, se puede caracterizar por un cierto estado de somnolencia y cansancio en las primeras horas del día que se va a ir “arrastrando” a lo largo de la jornada, lo que va a hacer que adelantemos en esos días nuestro momento de acostarnos y que a la vez nos pueda costar algo más conciliar el sueño.

Esta situación inicial, en la fase de acostumbramiento puede generar irritabilidad, nerviosismo, cambios de humor, incluso dolor de cabeza, cierta dificultad a la hora de concentrarse, y sensación de astenia (cansancio) precoz, leves episodios de ansiedad, todo ello especialmente en personas más sensibles o predispuestas, teniendo en cuenta que determinadas alteraciones como los fenómenos de insomnio (dificultad de conciliar el sueño), de ansiedad y otras patologías de índole psíquica pueden verse agravados en cierta medida.

Las recomendaciones que hacen los expertos para “pasar este trago lo mejor posible” son:

  • No modificar los hábitos en el ritmo de vigilia – sueño-  mantener la hora de irnos a la cama independientemente de que haya más o menos intensidad de la luz
  • Llevar una vida saludable en todos los sentidos y que además trate de conciliar la vida personal y profesional
  • Evitar las siestas en estos días iniciales que pueden fomentar la dificultad de la conciliación del sueño nocturno
  • Evitar las cenas copiosas que contribuirán a desarrollar fenómenos digestivos lentos, complejos y que pueden distorsionar nuestro descanso.
  • Evitar ingerir bebidas alcohólicas y otras que contengan cafeína o sustancias estimulantes
  • Practicar deporte y ejercicio de forma habitual, llevar una vida saludable
  • No utilizar medicamentos como benzodiacepinas o antihistamínicos que aprovechan su efecto secundario que es la somnolencia. Lo mejor es tratar de relajarse y procurar un descanso natural. En cualquier caso y ante la duda consultar con el médico y seguir como siempre sus indicaciones. Nunca automedicarnos.