Corazón solo tenemos uno y como además aunque funciona todo el día, las veinticuatro horas, pero lo hace de una forma silente, casi sin enterarnos, palpita, pulsa, una y otro vez, así sesenta veces por minuto, en algunos más y en alguno menos, depende de la edad, de la constitución, del grado de actividad, de situaciones de estrés, de ansiedad, etc… es sin duda más perfecto que el más perfeccionado de los relojes suizos, además con una particularidad que lo hace inigualable, “la pila” es de por vida.

 

En cualquier caso y aunque esté conformado como una máquina casi perfecta y a pesar de que incluso cuando nosotros estamos durmiendo o relajados o descansando, él sigue latiendo sin parar, ha de ser cuidado con mimo y atención. Nuestro corazón también tiene su “corazoncito”. Sin duda que es el músculo más perfecto de nuestro organismo, el miocardio, aunque se conoce su mecánica, su anatomía, su fisiología y su función no deja de sorprender a expertos y profanos en la materia.

Hablamos del corazón como si fuera el responsable de nuestros sentimientos: “te lo digo de corazón”, “me sale del corazón”, “te quiero con todo mi corazón”, incluso nuestra más exaltada forma de afecto, el cariño superlativo y el amor lo determinamos refiriéndonos a nuestra pareja como “corazón”, asemejándolo a dos palabras que encierran un valor supremo, “mi vida”, en definitiva a un “te quiero” onomatopéyico y con mayúsculas.

Los sentimientos se albergan en el cerebro y a nadie se le ocurre llamar a nadie “cerebro mío”

En verdad que tenemos al corazón presente en nuestras vidas, a todas las horas. Lo dibujamos, lo cruzamos con una flecha, decora el día de San Valentín, lo representamos asociado a Cupido, es el icono del amor por antonomasia entre dos personas… y no deja de ser llamativo porque los sentimientos se albergan en el cerebro y a nadie se le ocurre llamar a nadie “cerebro” a no ser que sea un “pitagorín” o un portento de la naturaleza con coeficiente intelectual mayestático. A nadie se nos ocurriría decirle a alguien, te quiero de cerebro, ni tantas otras cosas que sí decimos asociadas a ese músculo entrañable de extraordinario valor. En definitiva y “cerebralmente” hablando, el cerebro se asocia con la racionalidad en su más amplia expresión y el corazón con lo abstracto, lo inmaterial, lo etéreo. Curioso y paradójico cuando menos.

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Cuida tu corazón siempre.

Pues bien, a ese órgano que tanto apreciamos, por qué lo “castigamos” tanto y tantas veces. ¿No tiene poco con trabajar toda la vida, que además la mayoría de las veces ni le prestamos la menor atención?, parece como si no tuviera nada que ver con nosotros. Claro está, hasta que un día se agota, se harta y comienza a manifestarse, como una aparición, ligeras molestias precordiales al principio, alguna otra sensación de fatiga inesperada, algún mareo inexplicable, alguna arritmia súbita, en fin, quizás los primeros avisos de que ese músculo tan relacionado con los sentimientos está empezando a cansarse de que su propietario o propietaria no le preste ni la más mínima atención, bueno y si fuera solo eso… en cuantas ocasiones hacemos todo lo posible por enojarlo: humo, alcohol, grasas, golosinas, comilonas y “cenorras” opíparas, estrés, problemas de todo tipo, prisas, sedentarismo, nocturnidad y alevosía sin reposo, competiciones imposibles, etc….

En fin, que sin intención de llegar a mayores y sin esgrimir las terribles palabras, INFARTO, SÍNCOPE o MUERTE SÚBITA, se puede afirmar que antes de que se puedan hacer realidad hay muchas cosas que podemos intentar y que incluso me atrevo a sugerir aun siendo consciente de que “en casa del herrero cuchara de palo” o aquello de “consejos doy que para mí no tengo”, como médico aportaría 5 reglas básicas que no por ser obvias dejan de ser importantes para todos:

. Abandonar el tabaco, el alcohol y drogas, si viéramos lo que sucede en nuestras arterias coronarias cuando consumimos estas sustancias se nos quitarían las ganas. Y descansa, haz el reposo debido, respeta en lo posible a tu reloj biológico, no dejes que la fiesta se te agüe, disfruta pero de corazón, no te lo juegues pensando que todo esto no va contigo.

. Mejorar nuestra dieta y alimentación evitando al máximo el consumo de grasas saturadas (de origen animal) y controlando nuestras cifras de colesterol. Llenar la despensa y el frigorífico con atención, de lo que no hay no se come, pero si hay… la tentación está ahí y la voluntad es débil muchas veces.

. Evitar el sedentarismo mediante un ejercicio constante, ligero y aeróbico, caminar, nadar, montar en bici, correr, todo ello sin pensar ser ni el hombre ni la mujer de hierro del año. No hagas del sofá tu reducto, la naturaleza, el aire libre es gratis, te están esperando.

. Pensar y asumir que la vida es verdad que son sólo unos instantes, que solo tienes una, que no vas a poder repetir aunque suspendas, que cuando se acaba, se acabó. Por ello disfrútala y llénala de momentos de felicidad, pequeños o grandes, pero llénala. Por mucho que creas que el reconocimiento profesional o social es lo más importante, qué equivocado estás, te darás cuenta el día en que eches la vista atrás y veas el alto precio que has tenido que pagar por todo lo que pensabas que te era indispensable. Evita el estrés, la angustia, la prisa, el agobio si no acabarán con tu corazón y contigo.

. No esperar a cuidarse cuando “truena”, como dice el dicho popular respecto de Santa Bárbara, comenzar a proteger nuestra salud en general y cardiovascular en particular desde pequeños, por lo tanto nada mejor que el ejemplo que hemos de dar todos los que somos padres a nuestros hijos, así obtendremos un doble beneficio, uno para ellos y otro para nosotros.

Cuidemos de nuestro corazón que la vida es para disfrutarla y sacarle todo el zumo posible en cada momento, en cada instante. Tratar de exprimirlo todo de repente y de mala manera, como si nos faltara el tiempo y el conocimiento suficientes para extraerlo de forma adecuada, no sirve nada más que para que buena parte de él se quede dentro sin llegar a poder degustarlo. Cuida tu corazón, siempre.