El verano está aquí, el estrés es la patología que nosotros tratamos de dejar atrás y en nuestro caso la terapia que nos hemos impuesto es a base de patear y recorrer nuevos lugares que nos estimulen y a la vez nos animen a dejar atrás los atavismos y obligaciones a los que nos enfrentamos en el día a día.

La verdad es que es un tratamiento más que recomendable (más vale un viaje que el mejor de los ansiolíticos) y en esta ocasión ha coincidido con que llevábamos tiempo pensando en acercarnos a visitar Polonia y en concreto la ciudad de Cracovia y sus alrededores, puesto que buena parte de los amigos nos lo habían recomendado y además habíamos oído hablar tanto de esta ciudad que para unos “callejeros viajeros” impenitentes como nosotros era ya casi una obligación el acudir a su cita.

Cuando sobrevolamos la ciudad antes de aterrizar ya vimos lo que nos esperaba, un lugar característico del norte de Europa, con su verde campiña sugerente de un clima bastante húmedo a lo largo de todo el año.

shutterstock_201823564La ciudad recorrida por el río Vístula, patrimonio de la humanidad de la UNESCO, tiene dos áreas bien diferenciadas de cara al turismo, una la ciudad vieja que corresponde al casco histórico con su iglesia principal y su plaza del mercado y otra la zona judía que es donde se encuentran todas las sinagogas y la estructura característica de calles y entramados típicos.

El corazón de la ciudad es Rynek Glowny, una gran plaza que recuerda a la Gran Plaza de Bruselas o la Piazza San Marco en Venecia. Cada hora, se escucha el sonido de trompeta desde la torre de la iglesia de Santa María, que se encuentra en la Plaza del Mercado, un rito medieval que se transmite cada mediodía y por radio a todo el país. El Sukiennice, o La Lonja de las Pañerías, domina la plaza (dentro podemos encontrar un mercadillo de artesanías), aquí era donde los mercaderes vendían sus mercancías.  Las casas que bordean la Plaza, construidas entre los siglos XIV y XV, y reconstruidas durante el XVIII y XIX y la Torre del Ayuntamiento denotan el esplendor de una ciudad que se asoma hoy al futuro desde sus raíces.

Otras atracciones en esta zona incluyen las murallas de la ciudad, la fortaleza Barbicana y la Puerta Florian, las iglesias de San Pedro y San Pablo, la de San Andrés en la calle Grodzka, el castillo de Wawell con la catedral de San Wenceslao y San Estanislao del siglo XI. El distrito Kazimierz, uno de los principales centros de religión, cultura y aprendizaje judíos desde el siglo XV, poseen un gran complejo de arquitectura histórica restaurada con sinagogas y alguna iglesia digna de mención como la del Sagrado Corazón de Jesús. El distrito de Podgórze, donde se encontraba el gueto judío y la Fábrica de Schindler que también son dignos de visita y mención especial.

shutterstock_200969966Por último hicimos tres excursiones por los alrededores, la de los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau, la de las minas de sal de Wieliczka y la de la región de Zakopane y los montes Tatras en la región de los Cárpatos. Tres experiencias diferentes, la primera para ver lo que ocurrió y para desear que jamás vuelva a suceder, la segunda bajo tierra para deleitarse con una mina que es también patrimonio de la humanidad y la tercera para conocer una zona muy peculiar cargada de madera, tradiciones, montañas, cumbres y lagos, es la estación de invierno de Polonia por antonomasia.

Comer es un placer y un nuevo motivo de relajarnos, mejor en compañía y en uno de los muchos restaurantes que pueblan el centro de la ciudad, los platos típicos que probamos son las Obwarzanek o rosquillas de pan con cominos que se pueden encontrar en múltiples puestos en la calle (son un buen tentempié); el  Zurek o sopa polaca elaborada a base de harina de centeno y carne servida dentro de un pan típico vaciado por dentro; las Pierogi z mięsem o empanadillas de carne, muy gustosas; las Pierogi ruskie o empanadillas de queso y patata; el Paprykarz, un paté elaborado a base de pasta de pescado, arroz, cebolla, concentrado de tomate y una mezcla de especias; el Oscypek o queso ahumado elaborado a base de leche de oveja de las montañas de Tatra; el Bundz o queso de oveja producido en Podhale; el Goulash que es un estofado preparado a base de carne de cerdo, cebolla y pimentón que suele acompañarse con ensalada de patata.

Hay otros platos que no degustamos pero también muy aconsejables como el Kotlet schabowy z ziemniakami i kapustą que son chuletas de cerdo rebozadas servidas con col frita y patatas, el Schab ze sliwkami o lomo con ciruelas, el Bigos o Plato tradicional preparado con col agria y varios tipos de carne, embutidos, setas secas y ciruelas secas.

Los postres como el Sernik krakowski o tarta de queso típica de Cracovia, el Torcik piszyngier que es un postre elaborado a base de barquillos de chocolate con un poco de licor, el Papieska kremowka que es un pastel de hojaldre relleno de crema conocido como “pastel de crema papal” en honor a Juan Pablo II o el Kompot o Zumo de frutas de elaboración casera están geniales.

Algo típico son los bares de leche o “bar mleczny”, son establecimientos típicos de Polonia en los que se sirve comida rápida consistente en los platos más tradicionales. Estos establecimientos fueron creados en 1960 por las autoridades comunistas para proveer a todos los ciudadanos de comida barata junto a su lugar de trabajo. El nombre de estos bares proviene del hecho de que tras su creación estos locales servían comidas basadas en los productos lácteos ya que en aquella época el consumo de carne estaba racionado. Actualmente los bares de leche aún conservan precios muy bajos comparados con los del resto de los restaurantes, por lo que componen una excelente opción para degustar los platos polacos más tradicionales sin gastarse demasiado dinero.


Fernando Mugarza

Dr. Fernando Mugarza

Soy médico (doctor en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid), Médico de Familia y algunas cosas más relacionadas con la comunicación y la empresa. Me gustan cuatro cosas en las que me vuelco, mi familia, mis amigos, un buen viaje a cualquier lugar y una buena mesa, eso sí, con tertulia incluida… ¡Ah!, me encanta escribir, la comunicación y montar en bici. Me apasiona mi tierra, Aragón, cualquier día nos vemos por Pirineos caminando por esos vericuetos cargados de historia y leyenda.