El deporte es un elemento básico en el tratamiento de los pacientes que sufren de espondilitis anquilosante y de otros procesos de carácter reumático. Una alimentación sana y la práctica diaria de algún deporte o la realización de ejercicio físico habitualmente pueden cambiar el pronóstico de las enfermedades reumáticas.

Siempre se ha dicho que el deporte es sano y esta aseveración se hace especialmente cierto en el caso de enfermedades reumáticas, en las que la realización de un deporte de la intensidad que sea, baja, moderada o alta produce beneficios evidentes en el transcurso de la enfermedad a corto, medio y largo plazo.En concreto hay un proceso reumático, la espondilitis anquilosante o anquilopoyética que puede obtener mejoría en su evolución y pronóstico con la práctica frecuente de ejercicio. La espondilitis anquilosante es una enfermedad de carácter sistémico, es decir que afecta a parte de los órganos del cuerpo humano y basa su perfil clínico en la inflamación del esqueleto axial, es decir de la columna vertebral, las grandes articulaciones periféricas y los dedos.

La espondilitis anquilosante es más frecuente en hombres que en mujeres y suele debutar hacia los 20 o 40 años de edad, es decir es un proceso que comienza en edades tempranas o medias de la vida. La espondolitis anquilosante tiene un marcado componente genético ya que se asocia a un gen, el HLA-B27 hasta en un 20% de la población afectada.

Clínicamente se caracteriza por dolor de espalda nocturno y de intensidad variable aunque la espondilitis anquilosante puede debutar en articulaciones periféricas, a ello se suele asociar contractura de la musculatura paravertebral, lo que hace que el paciente adopte una postura encorvada conocida como cifosis vertebral, posición que generalmente provoca un cierto alivio del dolor, siendo una postura antiálgica que alivia de alguna forma los síntomas.

Puede aparecer artritis de cadera grave y en etapas más avanzadas de la enfermedad el individuo suele presentar cifosis muy acentuada con pérdida de la curvatura de la zona lumbar y adoptar una posición rígida, fija, inclinada hacia adelante que puede comprometer la función pulmonar y le puede impedir acostarse en una superficie horizontal comprometiendo el correcto descanso.

Junto a esta sintomatología articular pueden aparecer otros síntomas que complican la evolución y el pronóstico, puede producir alteraciones en la visión, en ocasiones se asocian signos neurológicos por compresión de las estructuras nerviosas adyacentes, manifestaciones cardiacas como insuficiencia de la válvula aórtica, aortitis, angina de pecho, pericarditis. A nivel respiratorio puede haber disnea o sensación de falta de aire, tos y expectoración. Para finalizar puede haber infecciones intercurrentes por “aspergillus” y se puede complicar en algunos casos con un cuadro de amiloidosis.

El diagnóstico de la espondilitis anquilosante requiere de la demostración de la sacroileitis (inflamación de la articulación del sacro con el íleon) en una placa de rayos y el tratamiento se basa en la administración de AINE (Antiinflamatorios no esteroideos) o antagonistas del factor de necrosis tumoral y medidas físicas de apoyo que mantengan la flexibilidad articular.

En este sentido los expertos apuntan a que solo un tercio de los pacientes realizan ejercicio de una forma habitual, un porcentaje sin duda por debajo del de otros países de nuestro entorno. El ejercicio mejora la sintomatología de las enfermedades reumáticas mejorando la inflamación, el dolor, la movilidad, disminuye el riesgo de caídas al mejorar la masa muscular y mejora el estado cardiovascular y el anímico que son aspectos muy relevantes y que inciden directamente en la calidad de vida del paciente y de su entorno.