Probablemente no haya una patología tan “familiar” en esta época del año como la gripe y más cuando se ha producido un descenso de temperaturas tan brusco.  Pero no por familiar podemos olvidarnos de que sus consecuencias para la salud pueden llegar a ser graves, especialmente si estamos hablando de personas con patologías concomitantes, ancianos, niños, inmunodeprimidos, etc…

 

La gripe es un proceso infeccioso provocado por un virus “Influenza” que presenta estacionalidad, es decir, es en estás fases del año cuando hace su aparición de una forma especial y cuando su capacidad epidemiológica de contagio es mayor.

La sintomatología de este proceso es de todos conocida, pero en algunas ocasiones, sobre todo al comienzo del proceso se puede confundir con un síndrome catarral provocado también por un virus. Los síntomas y signos de la enfermedad incluyen fiebre, con todo su cortejo sintomático asociado: malestar general, postración, cansancio o astenia, sudoración profusa, escalofríos, alteracciones digestivas, sensación de “trancazo”. A ello se suele asociar un componente respiratorio evidente de vías respiratorias altas y bajas con rinorrea (destilación nasal de moco), estornudos, irritación de garganta, tos seca que luego se hace profusa y productiva. Junto a este cuadro florido suele aparecer cefalea, congestión ocular, fotofobia, lagrimeo, etc… Finalmente este cuadro termina resolviéndose en una semana o diez días, pero en algunos casos como los comentados de personas con situaciones concomitantes puede complicarse provocando una morbi-mortalidad elevada.

El diagnóstico es evidente mediante sospecha evaluando los síntomas que manifiesta el paciente y realizando la exploración física y pruebas correspondientes. Es importante que una vez identificados los síntomas por parte del propio paciente, este acuda a su médico para que la situación sea controlada y no pueda pasar a mayores.

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La vitamina C del zumo de naranja puede formar parte de un desayuno perfecto para prevenir la gripe, entre otros procesos.

En cuanto al tratamiento se suele basar en medidas sintomáticas, mediante la utilización de antitérmicos (antipiréticos) y analgésicos. Una buena hidratación como medida complementaria que favorezca la expectoración y la deshidratación provocada por la fiebre y el sudor es importante. Sin duda que los complejos vitamínicos que contengan vitamina C especialmente y el uso de medicamentos tópicos para la nariz o para la conjuntiva ocular son útiles. Por supuesto que el reposo es fundamental y una alimentación adecuada es también muy importante. Los médicos pueden recomendar el uso de antivirales especialmente en casos en que el paciente es más propenso a sufrir complicaciones. Hemos de tener en cuenta que los antibióticos sólo son útiles si hay una infección bacteriana asociada.

En cualquier caso y como siempre, prevenir es fundamental, para ello nada mejor que la vacunación, hoy en día recomendada en personas de riesgo como pacientes ancianos, inmunocomprometidos, profesionales sanitarios y de otros sectores como manipuladores de alimentos, bomberos, servicios de protección civil, servicios de urgencia, maestros, etc… sin olvidar a los enfermos crónicos, mujeres embarazadas y pacientes polimedicados (ver con mayor exactitud los grupos en los que se recomienda la vacunación aquí.

Una importante recomendación, evitemos a toda costa favorecer la cadena epidemiológica de transmisión, eso qué quiere decir, algo tan simple como poner la necesarias medidas físicas que eviten el contagio de las personas que tenemos a nuestro alrededor, extremando las medidas de higiene, interponiendo barreras físicas como puede ser el uso de mascarillas (La principal vía de contagio es la respiratoria), no compartir utensilios y quedarse en casa durante el periodo de enfermedad y contagio. Flaco favor hacemos a los demás cuando nos empeñamos en continuar con nuestra actividad diaria a costa de favorecer la propagación del virus.