Y eso es lo único dulce que hay…porque lo que se refiere a los moscovitas… ¡tela marinera! En fin, esto lo dejaremos para el final. Moscú es la megaciudad más septentrional de la Tierra, la segunda ciudad más poblada de Europa después de Estambul y la sexta ciudad más poblada del mundo. Importante centro político, económico, cultural y científico de Rusia y del continente, está localizada a orillas del río Moskvá (Moscova), en el Distrito Federal Central de la Rusia europea.

En el curso de su historia, la ciudad ha servido como capital de una progresión de estados, desde el Gran Ducado de Moscú de la Edad Media y el zarismo posterior de Rusia a la Unión Soviética. Moscú es el hogar del Kremlin, una antigua fortaleza que hoy es la residencia del presidente de Rusia y del poder ejecutivo del Gobierno de Rusia. El Kremlin también es uno de los varios sitios que son Patrimonio de la Humanidad en Moscú y no es para menos…pisar la plaza roja es una experiencia única. Punto neurálgico de la ciudad, llegué acompañada del resto de la “expedición” compuesta por cuatro amigos después de haber pasado una noche entera de viaje y sin habernos podido duchar ni descansar en el hotel. Un poco aturdidos y después de haber tenido que comenzar los trámites para entrar a Rusia mucho tiempo atrás (os recomendamos la obtención del visado por medio de agencia. Nosotros utilizamos Iberrusia Travel SL, 93 342 50 88, emisorbcn@iberrusia.com ), la Plaza Roja y sus alrededores nos hicieron abrir los ojos de par en par. En aquel inmenso icono de 75000 metros cuadrados pudimos oler a telón de acero, a desfile del Ejército Rojo, al astronauta Yuri Gagarin, a Lenin y Stalin, al último Zar, a Iván el Terrible… Pocos lugares poseen tanto significado en un envoltorio tan imponente. Esta grandísima explanada de 695 metros de largo y 130 metros de ancho tiene al norte el Museo Histórico, al Sur la Basílica de San Basilio, la exhuberante Galería Comercial GUM al este y las murallas del Kremlin, con el Mausoleo de Lenin y las efigies de los héroes de la Revolución al oeste.

sanbasilio2

Catedral de San Basilio.

La Plaza Roja, en cirílico Красная площадь y cuya pronunciación es Krásnaia plóshchad, es el lugar del que parten las principales vías, carreteras y autopistas de Moscú y de la gigantesca Rusia. El kilómetro cero del país más grande del mundo, está hecho por y para el pueblo, y afortunadamente está libre de automóviles, salvo que estos sean militares, policiales u oficiales trasladando a la personalidad de turno. Por eso se puede disfrutar por completo y pasar tantas horas en ella como sea preciso.

Cualquiera podría pensar que el nombre de Plaza Roja es debido bien a la tonalidad de algunos de sus edificios como los del Museo histórico, el muro del Kremlin o la fachada de San Basilio, o bien a que este éste es el color que identifica al comunismo. O quizás por ambas razones. Pero nada más lejos que la realidad. Y es que resulta que el término ruso Красная (Krasnaia-Krasnaya), que quiere decir “roja” tenía otro significado antiguamente, que era el de  “bonita”. Así se le llamaba a esta Plaza simplemente por ser hermosa, “La Plaza Bonita”. Una evolución semántica produjo este cambio de nombre y, ni que decir tiene que le vino al pelo toda la simbología que acarrea este color.

La visita a todos y cada uno de los edificios que la componen es más que obligada, así como al mausoleo de Vladimir Ilic Ulianov, Lenin, de lo que más nos impactó. Con motivo de su muerte en 1924 por un infarto cerebral, se pensó que no debía gozar de una sepultura sino ser momificado y expuesto para que lo vieran todos los hijos de la Madre Rusia. Este ensalzamiento de Lenin trajo, gracias a Stalin, un mausoleo en la Plaza Roja, situado a pocos metros de los muros rojos del Kremlin. Desde que fue expuesto por primera vez, han pasado a ver el cuerpo momificado millones y millones de personas. Los guardias, que son muchos y con muy mal carácter, para variar, no nos dejaron ni hablar ni detener nuestros pasos ni aunque fuera unos segundos. Debes caminar en silencio, mirar y marcharte. Se cuenta que dos o tres veces por semana, al cuerpo se le impregnan una serie de productos químicos que favorecen su conservación. Al parecer estos son una mezcla de glicerina, acetato de potasio, agua y cloro de quinina, y sus cuidadores sus se encargan de cerrar su puño derecho, haciendo creer a los más nostálgicos que así se despidió de este mundo.

universidad2

Universidad de Moscú.

Pero Moscú no es sólo la Plaza Roja… El parque Gorky y el edificio de la Universidad bien merecen una visita, así como dar un paseo por el Moscova observando como muchos valientes se atreven a darse un baño. Este paseo en barco te permite ver la estatua de Pedro I el Grande de cerca. Con sus 96 metros de altura es la sexta estatua más grande del mundo. Inicialmente se dice (se comenta, se rumorea) que la estatua iba dirigida a ser expuesta en la exposición universal de Sevilla de 1992 con motivo del 500 aniversario del descubrimiento de América y que representaba nada más y nada menos que a Cristóbal Colón. Parece ser que su escultor, Zurab Tsereteli, intentó sin éxito venderla y finalmente la tuvo que reciclar como “monumento dedicado al 300 aniversario de la Armada Rusa” que muy apropiadamente le compró el por entonces alcalde de Moscú y amigo íntimo suyo Yuri Luzhkov. También nos encantó la visita al búnker 42 donde acompañada de un guía desciendes hasta el nivel -17 y donde te explican cómo funcionaba y te dan su punto de vista de la Guerra Fría.

metro2

Metro moscovita.

Un punto y aparte merece el metro de Moscú. Sólo superado por Tokio en término de número de pasajeros, su suburbano es reconocido como uno de los más ricos y variados arquitectónicamente en sus 185 estaciones que tiene repartidas a lo largo de la ciudad. De precio más que asequible y de funcionamiento ejemplar (cada 90 segundos tienes un metro en la estación de turno), las obras de arte, murales, mosaicos, lámparas y decoración que posee los hace digno de visitar casi estación por estación en el centro de la ciudad.

El carácter moscovita en general nos sorprendió y para mal. La atención al turista es nefasta y pedir una cerveza se puede convertir en una pesadilla. Caras de pocos amigos, y cero intención de intentar entenderte, es lo que recibes por parte de los empleados de la hostelería moscovita. Merece la pena una cena en el restaurante Pushkin, donde además de sorprendente por la belleza de su decoración, tu paladar podrá deleitarse con sus exquisitos platos basados en la cocina tradicional rusa. Dentro de la gastronomía rusa cabe mencionar el oso…si queréis probarlo, ¡adelante! pero su sabor no nos gustó a ninguno.

No te encontrarás con problemas en los enchufes pero si con su moneda. No es fácil encontrar algún banco que cambie euros a rublos, por lo que lo aconsejable en cambiar allí una vez que estés en el aeropuerto y volverlo a hacer antes de salir. Si vas en verano acuérdate de llevar contigo el protector solar ya que tanto en julio como en agosto las temperaturas pueden alcanzar los 35ºC, que es lo que nos ocurrió a nosotros. Se recomienda beber agua embotellada o hervida, pero tampoco hay que obsesionarse. Es una recomendación que se hace siempre ya que una diarrea te puede fastidiar el viaje.

En lo que respecta a la asistencia médica, nosotros, por suerte, no tuvimos que catarla, pero si que te obligan al hacerte el visado a tener una póliza de seguro médico en vigor en los días que estés en ese país. Las clínicas en Moscú son al estilo internacional, pero una primera consulta puede costarte unos 80 euros, así que ahí tienes el por qué de ese tan necesario seguro.

Ármate de paciencia a la hora de enfrentarte a los moscovitas y disfruta de esta maravillosa ciudad en la que se respira historia en todas sus esquinas.