Escucho el repiqueteo incesante y espasmódico que trata de denostar una y otra vez la iniciativa privada. En esta ocasión le ha tocado de nuevo el turno a la sanidad, nada nuevo por otra parte, pero toda reiteración termina por cansar, quizás tanto como esas tardes plomizas que nos trae de vez en cuando el estío, en las que sólo se escucha el sonido estridente de la chicharra.

 

Qué sobreesfuerzo produce escuchar, la letanía endeble pero cicatera que algunos conocen y saben esgrimir con grandes dotes de maestría y donaire respecto de los aparentes contravalores de todo lo que no sea y represente los valores de lo público, especialmente en sanidad. La opinión constructiva es saludable y necesaria, bienvenida, pero cuando proviene de alguien que no tiene otro interés que el de los demás y no el suyo propio, en la forma que sea, y además está dispuesto a escuchar y a aceptar otras formas de ver y valorar las cosas.

Es curioso, pero haciendo un breve repaso mental centrado en salud, parece como si toda iniciativa privada en este ámbito estuviera demonizada de principio a fin, en el punto de mira de algunos, para someterla al tópico y a la duda de sus intenciones. Industria farmacéutica, de tecnología y biotecnología, de provisión privada de salud, de diagnóstico, de rehabilitación, de aseguramiento, de transporte también privado y hasta las empresas dedicadas a la asistencia sociosanitaria que se aplica a nuestros mayores en centros de día o en aquellos que son de larga estancia, entre otros. Todos están sometidos a la crítica circunspecta, mordaz y grandisonante, protagonizada y promovida por quienes gustan de generar la duda, para arrimar el ascua a su sardina, sea el tipo de sardina que sea.

Pongámonos en el caso por otra parte utópico de que en Sanidad, en Salud y en asistencia sociosanitario todo fuera público y la iniciativa privada no tuviera cabida, que es lo que entiendo de las propuestas que vienen enarbolando algunos, la bandera de la crítica tenaz a los cuatro vientos. Yo me pregunto, y ¿qué pasaría con los 10 millones de personas que utilizan la sanidad privada?, lógicamente irían necesariamente a la sanidad pública, ¿nos damos cuenta de verdad de lo que eso significaría?, una cuarta parte más de nuestra población engrosando la fila interminable en hospitales y centros de salud, con lo que supondría en gasto, demanda, presión asistencial, consumo de recursos, calidad, resultados de todo tipo. ¿Está nuestra sanidad pública y nuestra sociedad preparada para ofrecer lo que precisen y demanden ese aluvión de nuevos pacientes y familiares?

Me pregunto también ¿qué pasaría si a partir de ahora toda la investigación farmacéutica y tecnológica tuvieran que hacerla empresas públicas de nueva creación o asimiladas?, ¿de dónde saldría la ingente cantidad de dinero que hace falta para que un solo fármaco esté disponible para una patología mayor o menor?

Me pregunto también ¿qué pasaría si a partir de ahora toda la investigación farmacéutica y tecnológica tuvieran que hacerla empresas públicas de nueva creación o asimiladas?, ¿de dónde saldría la ingente cantidad de dinero que hace falta para que un solo fármaco esté disponible para una patología mayor o menor, o para conseguir una novedad tecnológica cuyo resultado se pueda medir, al igual que el de un medicamento o una vacuna, en vidas salvadas y en años ganados a la vida?

Y ¿qué ocurriría con los recursos necesarios para atender a todas las personas que acuden diariamente a centros privados de rehabilitación, o asociados al fenómeno de la cronicidad y la dependencia atendida de forma privada por familias, centros de corta estancia, hospitales de crónicos y residencias privadas? Y por cierto, ¿de dónde saldrían los recursos de todo tipo, económicos, humanos, materiales, etc… para atender este “tsunami” en forma de demanda apocalíptica, multifactorial, exponencial e incesante?

shutterstock_140856928Si estando como están las cosas, resulta que toda la sanidad pública y privada alcanzan algo más del 10% del PIB, a ello tendríamos que añadirle todos los costes y riesgos asociados de todos los procesos de salud nucleares, periféricos y sociosanitarios que en este momento están soportando otros. En este escenario no sería descabellado pensar que podríamos estar hablando de un doble dígito difícil de imaginar e imposible de digerir y asumir ni hoy ni nunca.

Ya sé que este escenario es poco posible, o no, pero como ejercicio no estaría de más que alguien lo cuantificase. Yo desconozco si hay ya algo que se le parezca, pero como en todo, mientras no haya datos de lo que este escenario “virtual” supondría, creo que mejor nos iría a todos, si todos y cada uno de nosotros, respetásemos lo que hacen los demás y trabajásemos codo con codo por mejorar las cosas al unísono, sin la presión política de turno ni el pernicioso efecto de la demagogia que soporta la sanidad. Aprovechando los valores y lo mejor de cada cual en pos de un solo objetivo, el individuo, la persona, el paciente.

Desde luego que lo mejor no es tratar de meterle el dedo en el ojo al de enfrente arrogándose una superioridad ficticia, o una experiencia puntual que cada cual cuenta a su manera, sin dar oportunidad a la otra parte a exponer sus razones, y que aprovecha en un momento determinado un púlpito mediático, la calle o las nuevas tecnologías usadas para tal fin. En cualquier caso no puede ser juzgado el todo por la parte, entre otras cosas porque partes tenemos todos.

El crédito de los entornos privados donde trabajan millones de profesionales en todo el mundo, que dedican su esfuerzo para que el ser humano hoy y mañana encuentre una vida mejor y más duradera, merece al menos respeto sino admiración, desde luego cuentan incondicionalmente con la mía.