Ángela Barrero vivió durante un año en Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial. Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas, se trasladó desde Oviedo a la isla africana con una Beca de Comercio Exterior en la Oficina Comercial de la Embajada de España en Malabo para vivir una experiencia totalmente inolvidable. Regresó sin haber sufrido ninguna enfermedad grave y conociendo a fondo la realidad de la sanidad africana y de sus enfermedades más importantes, entre ellas el paludismo.

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“En cuanto supe que mi destino para todo un año de trabajo iba a ser Guinea Ecuatorial, pedí cita en Sanidad Exterior, donde me orientaron sobre las vacunas y medidas a tomar. También el Ministerio de Asuntos Exteriores y el de Sanidad ofrecen recomendaciones”. La vacuna de la fiebre amarilla era obligatoria, había vacunas recomendables y otras bajo deseo propio. “Me puse la de la meningitis, la hepatitis A, la fiebre tifoidea y la antirrábica, ésta última fue por deseo propio, que nunca se sabe”. Pero las precauciones van más allá. “Tomé Dukoral para el cólera unas semanas antes y un  mes antes empecé con una pastilla semanal de Lariam, que servía para prevenir la malaria. En Sanidad Exterior también me recetaron Malarone como tratamiento de choque, por si acaso, pero por suerte no tuve que recurrir a ello”.

Dejó Oviedo con la maleta llena de botes de repelente de mosquitos que solía echar al anochecer, “la hora más peligrosa del anófeles” y de otro tipo de medicamentos de carácter genérico “por lo que pudiera pasar”. Otros consejos que recibió estaban relacionados con el uso de prendas de manga larga y pantalón largo para protegerse más, “pero no se suele hacer mucho caso de ello, ya que ese clima no invita a ir tapado precisamente. Lo que sí es fundamental es tener una mosquitera para dormir, o que la casa cuente con ellas en todas las ventanas, como ocurría en la mía”.

 

P1010781Una vez en Malabo se dio cuenta de que había muchas más cosas a tener en cuenta para evitar inconvenientes como beber siempre agua embotellada, tender la ropa dentro de casa o usar secadora, comer en sitios de confianza… “ El día a día te enseña a lidiar con todo ello sin que suponga una preocupación constante. Simplemente, adaptas a tu forma de vida unas precauciones que no tendrías en España y también creo que el cuerpo se adapta a ello, y se hace más fuerte. Por supuesto, todo el que ha vivido en un país en desarrollo ha tenido algún problema de estómago, algún episodio de fiebre, etc., pero lo importante es que se quede sólo en eso”.

A pesar de introducir todas estas medidas de precaución en su vida como unos hábitos más, “en más de una ocasión estuve convencida de que acabaría con paludismo. La más grave, en una barbacoa en el jardín de unos amigos, donde unos mosquitos se ensañaron con nosotros y yo acabé con más de cien picaduras en las piernas; sí, tuve la paciencia de contarlas. Con el paso de los días comprobé que, a pesar de la aparente gravedad, no había nada más que lamentar”. Ángela tuvo suerte, “conocí a mucha gente que enfermó allí, alguno de mis amigos incluso al poco del llegar y la mayoría por paludismo o fiebre tifoidea”.

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Cuenta la asturiana que, al menos en Malabo, tienen gran experiencia tratando estos casos y rápidamente diagnostican y toman medidas. “Tenían (al menos durante mi estancia) un hospital público y varias clínicas privadas de mejor y peor categorías. Los costes sanitarios en estas clínicas son elevados, si bien todos los expatriados cuentan con un seguro privado, que proporciona su empresa”. De todas maneras estas enfermedades eran diferentes si quien las padecía era un occidental o un africano, a juicio de Ángela. “Me llamaba mucho la atención precisamente eso. Mientras que para nosotros un brote de paludismo suponía varios días de fiebre alta incluso con delirios, malestar extremo y baja laboral, para los guineanos no “parecía” más que un simple catarro.  No se me olvidará el día en que una compañera de trabajo me dijo que tenía malaria y tifoidea, todo junto, y estaba como si nada”.

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Lorena Pérez

Lorena Pérez

Licenciada en Periodismo, lleva diez años escribiendo en distintos medios sobre salud, ocio y cine. Aficionada a la buena cocina y la buena comida (sólo si es sin gluten), deportista y cinéfila sin remedio, se acerca al mundo de la salud desde un punto de vista amable y riguroso, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de los lectores de Knowi.