La hepatitis C es una infección vírica que afecta al hígado y que está causada por el virus que lleva el mismo nombre, es decir, el virus de la hepatitis C. Su presencia en el hígado puede acarrear una infección aguda que en algunos casos es silente y en otros se produce una cronificación, lo que puede llevar con el tiempo a complicaciones de diversa índole.

Normalmente el virus de la hepatitis C se transmite a través de la sangre, y las causas de infección más comunes son las prácticas de inyección poco seguras, la esterilización inapropiada de equipo médico en algunos entornos de atención sanitaria y el uso de sangre y hemoderivados sin analizar. También son fuentes de infección las relaciones sexuales sin protección con una persona que padece hepatitis C, compartir utensilios de lavabo con una persona infectada, compartir jeringuillas en caso de adictos a drogas, entre otras… En el momento del parto, el virus puede pasar de una madre infectada a su hijo, sin embargo, esta forma de transmisión es sin duda menos frecuente.

Es importante saber que la hepatitis C no se transmite a través de la leche materna, los alimentos o el agua, ni por contacto ocasional, por ejemplo, abrazos, besos y comidas o bebidas compartidas con una persona infectada.

El período de incubación de la hepatitis C puede variar de dos semanas a seis meses y tras la infección inicial,

Se calcula que en todo el mundo puede haber entre 130 y 150 millones de personas infectadas por el virus de la hepatitis C y un número considerable de esas personas con infección crónica desarrollarán cirrosis o cáncer de hígado. En definitiva, según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre 300.000 y 500.000 personas mueren anualmente por enfermedades hepáticas relacionadas con la hepatitis C.

shutterstock_148072418El período de incubación de la hepatitis C puede variar de dos semanas a seis meses y tras la infección inicial, aproximadamente un 80% de las personas no presentan ningún síntoma. Los pacientes con sintomatología aguda pueden presentar fiebre, cansancio, inapetencia, náuseas, vómitos, dolor abdominal, orinas oscuras, heces claras, dolores articulares, ictericia (coloración amarillenta de la piel y los ojos), prurito (picor), alteraciones cutáneas, etc…

El diagnóstico precoz es fundamental, para así evitar la cadena de transmisión del virus a la vez que nos ofrece la oportunidad de actuar precozmente, algo que siempre es importante en medicina (puede prevenir problemas de salud derivados de la infección, y también la transmisión del virus). Por ello y especialmente en las personas con prácticas o situaciones de riesgo deberían acudir a su centro médico a determinar si están infectados o no.

Los medicamentos antivíricos pueden llegar a curar la infección de la hepatitis C, pero el acceso al diagnóstico y tratamiento es muy limitado. Se calcula que el tratamiento antivírico logra buenos resultados en el 50-90% de los casos, en función del tratamiento aplicado, y ha mostrado eficacia para limitar el desarrollo de complicaciones. En la actualidad no existe ninguna vacuna contra la hepatitis C, pero la investigación en ese ámbito continúa.

La hepatitis C no siempre requiere tratamiento, porque en algunas personas la respuesta inmunitaria eliminará la infección espontáneamente. Cuando el tratamiento es necesario, el objetivo es la curación. La tasa de curación depende de algunos factores tales como la cepa del virus y el tipo de tratamiento que se dispensa. Los progresos científicos han dado lugar al desarrollo de nuevos fármacos antivíricos contra la hepatitis C mucho más eficaces, seguros y mejor tolerados que las terapias precedentes. Esos fármacos, conocidos como agentes antivíricos orales de acción directa simplifican el tratamiento y aumentan considerablemente las tasas de curación.