Típica frase que siempre nos hace pensar en cómo es posible que ese tan pequeño 1% nos haga tan diferentes. Y no digamos ya si hablamos de las comparaciones con la mosca de la fruta, de las que sólo nos separa un 40%, o con las vacas que se alejan de nosotros solamente por un 20% de diferencia en nuestro genoma.

Desde que somos pequeños es común que nos digan que los humanos provenimos del mono, a lo que cualquiera se podría preguntar, entonces ¿por qué siguen existiendo los monos? La respuesta es simple: no es que el ser humano provenga del mono, sino que compartimos un ancestro común. Tal y como como ocurre con los monos, también compartimos un ancestro con todas las demás especies de seres vivos en el planeta; la diferencia radica en qué tan lejos en el tiempo se dio la ramificación, siendo más reciente el momento en que nos separamos los humanos de  los chimpancés que de los ratones, por ejemplo. Dicho esto, resulta interesante comparar los genomas de distintas especies con el genoma humano.

De estas comparaciones la más evidente es, por supuesto, la que hacemos entre nuestro  genoma y el del chimpancé, con quien compartimos una similitud aproximada del 98.9 %, lo cual quiere decir que sólo el 1.1 %  del orden de las bases nitrogenadas que configuran nuestro ADN (A, G, C y T) es diferente (recomiendo repasar  el post “Nuestra verdadera identidad” de esta misma sección).

Ahora, hagamos esta misma comparación  pero con otras especies con quien no parecemos tener tanto en común. Resulta ser que nuestra similitud con los gatos es del 90%, con las vacas del 80%, con los ratones del  75 %, con la mosca de la fruta y con el pollo del 60%, mientras que con el plátano, aunque parezca sorprendente, compartimos el 50 %de nuestros genes. Si nuestra información genética es tan similar a la de estas y otras especies, ¿Por qué es que somos tan diferentes, por ejemplo, a un plátano? Es que en realidad aquello que diferencia a cada una de las especies no es la información genética como tal, sino la forma en que ésta se regula, es decir, qué genes se activan, cuáles se desactivan y en qué momento y por cuánto tiempo lo hacen.

regiones corteza cerebral

Por lo tanto, no es cierto que nos parezcamos a las moscas a nivel genético (y, por tanto, físico y de comportamiento). Compartimos con ellas unos 7.000 genes, sí, pero “nada” más.

De aquí podemos deducir que una diferencia no muy grande en el genoma implica una enorme diferencia en cuanto a forma final del organismo. Se estudian numerosos ejemplos de regiones de ADN que se sabe que intervienen en la formación de diferentes regiones comunes a diferentes especies, como por ejemplo la corteza cerebral. En ella podemos apreciar una serie de bases (nucleótidos, A, G, C y T), y en la imagen que muestra esta región de modo interespecie, podemos ver que las diferencias entre la región del gallo, chimpancé y la del ser humano son contadas. En verde se marcan las que varían con respecto a la región del gallo.

Por lo que hay que empezar a prestar atención a las regiones de nuestro genomas que nos diferencian de otras especies porque ahí es donde radica la información que hace única a cada individuo.


Sara G. Blanco

Sara G. Blanco

Bióloga de nacimiento le apasiona la naturaleza, viajar, conocer gente y comer fabada como buena asturiana que es. Especializada en biotecnología y con más de cinco años de experiencia en comunicación corporativa, aporta a Knowi frescura y dinamismo sin perder su visión científica.