Cuando escuchas hablar de África, se mezclan sentimientos de curiosidad, pena y respeto, incluso miedo; porque lo desconocido asusta. Pero más allá de conflictos olvidados, enfermedades o pobreza, hay un impresionante continente que puja por su lugar en el mundo. Diversas culturas, paisajes que van del desierto a la selva y 1.000 millones de personas en un continente lleno de contrastes.

Tuve la oportunidad de pasar un año en Guinea Ecuatorial y, aunque al principio también me imponía la idea, pronto descubrí que iba a ser una gran experiencia vital.

PI2Lo principal es ir bien cubierto y concienciado en el tema sanitario y después, a aprovechar el día en un país tan diferente pera a la vez tan lleno de herencia española. Al principio todo me chocaba: la forma de hablar (español con matices), la intensidad del clima tropical, lo caro que era todo (para los expatriados; pero caro, carísimo) o que antes de las 19h ya fuera de noche (¡todo el año!). Pero pronto te adaptas a ello y haces vida como en cualquier otro sitio; trabajando mañana y tarde, y el tiempo de ocio para quedar con los amigos, o deporte, o ir a clases de algo (francés, baile…) o alguna actividad cultural. La particularidad es que allí el grupo de amigos parece una cumbre de Naciones Unidas, y esa mezcla de culturas en un mismo círculo también aporta valor a la experiencia.

Guinea es un país con un creciente desarrollo, y, aunque eso no siempre repercute en la población, no se ve la miseria o el hambre que sí existe en otros países vecinos. Pero hay carencias, muchas, y contrastes, muchos también; mansiones y chabolas en un mismo barrio, todo terrenos y carros, precios prohibitivos en supermercados o baratos en mercados locales… Al final ese contraste también se ve en las diferentes clases sociales, su educación o preparación, su capacidad adquisitiva, sus expectativas… como en cualquier otro sitio. Y contraste también con nuestra forma de ver la vida, nuestras prioridades e incluso valores.

La particularidad es que allí el grupo de amigos parece una cumbre de Naciones Unidas, y esa mezcla de culturas en un mismo círculo también aporta valor a la experiencia.

Ver cómo mucha gente puede vivir con menos de lo básico (o básico según estándares europeos) te hace replantearte las prioridades de la vida y te obliga a no quejarte por nimiedades y a relativizar muchas cosas. Compartir con la gente local sus inquietudes, sus intereses e intentar ayudar te acerca a la realidad del país, pero, además, comprobar el esfuerzo de muchas personas (de aquí y de allí) que contribuyen a mejorar la calidad de vida de diferentes pueblos, con diversos proyectos, por puro altruismo, te reconcilia con el mundo.

¿Otro gran regalo-aprendizaje? Poder viajar a países a los que tal vez no hubiera ido desde aquí (en algún caso, porque ni lo conocía…): Gabón, Ghana, Marruecos… Todos sorprenden y todos encantan, aunque mi favorito es Sao Tomé y Príncipe, un paraíso hecho archipiélago en el golfo de Guinea.

Cuando miro atrás recuerdo con mucho cariño las conversaciones en taxis compartidos, los chaparrones tropicales, la música africana, los vestidos de mil colores, un sinfín de batallitas y fiestas de todo tipo, las excursiones por la selva, el interés de los niños por todo lo extranjero y de los adultos por el fútbol español, la generosidad de un pueblo

¿Lo que jamás echaré de menos? ¡Las tarántulas! Sé que no se puede (o no se debe) desear la extinción de una especie, pero cuando te encuentras una en tu bañera, sientes de todo menos amor por la fauna. Y yo que pensaba que después de eso superaría mi aracnofobia…

Para siempre me quedarán todos esos momentos, muchos amigos, grandes lecciones y un infinito deseo de volver allí, aunque ya sólo sea de turismo.

Al final todos somos como Karen Blixen, la autora de Memorias de África, inmortalizada para siempre como Meryl Streep en la película homónima: quien ha vivido en África, jamás la olvida.