Hay dos aspectos fundamentales que deben cumplir todas las vacunas, y es muy difícil establecer prioridades entre los dos, son la seguridad y la eficacia protectora. El primero de ellos es de vital importancia para toda la población y de forma especial para los inmunocomprometidos, como es lógico ninguna vacuna está exenta en su totalidad de posibles efectos adversos.

La percepción del grado de necesidad de aplicación de una vacuna y de la seguridad que esta ofrece, va íntimamente ligado a la gravedad de la enfermedad que evitamos con su administración y con otro aspecto no menos importante como es también la percepción que la población tiene del impacto causado por la enfermedad en términos de morbimortalidad.

En este sentido la aceptación de la vacunación por parte de la población es clave, y es muy difícil a veces convencerles de la conveniencia de su aplicación, si bien en general la población está convencida de la importancia de la vacunación sistemática, no lo está tanto con la no sistemática ya que no siempre el individuo aprecia de forma clara el riesgo que puede tener en un momento dado. Un ejemplo muy claro es la vacunación frente a tétanos en los adultos, la gravedad de la enfermedad, que en tétanos es evidente, pero también es verdad que la percepción de la población frente al riesgo de tétanos es muy baja, esto hace que si bien las coberturas vacunales en niños son de 99%, sin embargo en adultos sea muy baja, e incluso en estudios epidemiológicos realizados en población adulta las tasas de seroprotección sean muy bajas.

shutterstock_133154222En cuanto a la eficacia protectora de forma habitual viene determinada por la inmunogenicidad, si bien hay pequeños matices que merece la pena diferenciar. La inmunogenicidad podemos definirla como la capacidad de un agente infeccioso de inducir inmunidad específica, y este mismo concepto es aplicable a las vacunas destinadas a la prevención de infecciones producidas por dichos agentes. La eficacia por su parte se mide en función de la inmunogenicidad, es decir, la respuesta inmunitaria que se ha generado.

Las vacunas deben inducir el tipo adecuado de resistencia inmunitaria, que mediremos como respuesta inmunitaria o resistencia relativa de los anticuerpos y células T frente a las enfermedades. Sabemos que hay vacunas que inducen inmunidad humoral, celular o ambas, ahora bien si un individuo no induce la respuesta inmunitaria necesaria quedaría desprotegido y por lo tanto podría padecer formas clínicas no habituales de la enfermedad no prevenida e incluso reacciones alérgicas  de diferentes tipos. Las vacunas por tanto, deben inducir una respuesta inmunitaria en el lugar adecuado, para la resistencia específica a la infección en las superficies epiteliales es más apropiada la inducción de anticuerpos secretores Ig A que los habituales Ig G o Ig M. Los primeros serían muy útiles contra enfermedades, contra la gripe o el cólera; mientras que en el caso de enfermedades como la fiebre amarilla o la rabia estos gérmenes entran en el cuerpo humano, sobrepasan los epitelios y por tanto la respuesta será a expensas de Ig G o Ig M.

Además de lo anteriormente expuesto las vacunas deben de ser lo más específicas que sea posible y actuar de forma exclusiva contra el o los antígenos para los cuales han sido preparadas. En el caso de las vacunas atenuadas este hecho se cumple casi al 100%, mientras que en el caso de las vacunas inactivadas con frecuencia aparece un número elevado de respuestas inmunitarias irrelevantes, debido a su inespecificidad, si bien gracias a las investigaciones actuales este hecho se está corrigiendo en gran medida, quedando en este grupo casi únicamente la vacuna de células enteras de tosferina.

Pero esto no es todo; también dentro de la eficacia protectora va a ser muy importante que está sea larga en el tiempo, sería ideal que fuese indefinida como la inmunidad natural, pero dado que esto no es factible sí que le vamos a pedir que dure el mayor tiempo posible.

De todas formas este hecho está en relación directa con el tipo de enfermedad, su periodo de incubación y con el tipo de vacuna, como ya hemos dicho antes, pero podemos añadir algo más a este hecho y es que con frecuencia la duración de la inmunidad es más larga en aquellas vacunas que previene enfermedades sistémicas que en las que se localizan en mucosas, y de igual forma en aquellas enfermedades con un periodo de incubación largo que en las que tienen un periodo de incubación corto. Y también cada vez se va corroborando más la idea de que si la enfermedad todavía no ha sido eliminada, el contacto con el virus salvaje da lugar a un efecto “booster”, con el consiguiente refuerzo de la inmunidad, este hecho parece claro con vacunas como la del sarampión, hepatitis B, etc.

Finalmente, en el momento actual no podemos dejar al margen un aspecto tan importante como el de los costes. Los costes de las intervenciones preventivas, curativos y de los programas sanitarios son cada vez mayores y lamentablemente esto no va en la misma relación que los recursos disponibles, por lo tanto el factor económico va a ser clave a la hora de tomar decisiones para incluir o no una vacuna en los programas de vacunación. Entramos de lleno en el terreno de la evaluación de la eficiencia que se efectúa comparando los beneficios de salud de la intervención aplicada a la población objeto en condiciones reales de uso, con los recursos utilizados para su implantación. Para poder estimar la eficiencia es imprescindible conocer la efectividad del programa. Si no, carece de sentido.

Debe recordarse que teniendo en cuenta el gasto en antibióticos en consumo humano y según los estudios de utilización inadecuada, las cifras de gasto inadecuado global son muy elevadas, hecho que cambiaría a un gran beneficio si se implantaran medidas preventivas como la vacunación. A pesar de ello, debe recordarse el gran impacto social y en la relación coste/beneficio que ha supuesto la cobertura vacunal creciente en los últimos años, según se recogen diversos estudios de carácter local y autonómico, que coincide con los resultados obtenidos en otros países de nuestro entorno próximo.


Fernando Mugarza

Dr. Fernando Mugarza

Soy médico (doctor en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid), Médico de Familia y algunas cosas más relacionadas con la comunicación y la empresa. Me gustan cuatro cosas en las que me vuelco, mi familia, mis amigos, un buen viaje a cualquier lugar y una buena mesa, eso sí, con tertulia incluida… ¡Ah!, me encanta escribir, la comunicación y montar en bici. Me apasiona mi tierra, Aragón, cualquier día nos vemos por Pirineos caminando por esos vericuetos cargados de historia y leyenda.