Estos días de reflexión, recogimiento y diálogo interior para muchos Cristianos recogen no solo un plano metafísico y religioso, sino también una realidad médica y forense de cómo y por qué se produjo la muerte de Cristo a lo largo de tan terribles jornadas de pasión.

Andamos estos días en medio de la celebración de la Semana Santa, con múltiples actos religiosos en cada pueblo, aldea y ciudad de esta piel de toro que llamamos España. Sin duda que estamos inmersos en uno de los momentos de mayor fervor religioso y exaltación de creencias de nuestra ajetreada y soliviantada existencia.

Reflexionando sobre la pasión ya no desde un punto de vista metafísico, sino desde un enfoque médico y forense, me he encontrado con opiniones diversas pero coincidentes de expertos sobre el análisis forense de la muerte de Cristo que reflejan una realidad física sustentada en datos, que sin ningún lugar a dudas y tras haber tenido la oportunidad de visitar recientemente la exposición sobre la “Sindone”, la “Sábana Santa” celebrada recientemente en Alcalá de Henares, adquieren una enorme trascendencia también desde el punto de vista médico y sanitario.

En toda la literatura revisada se analizan puntualmente hechos de la Pasión como el de los 40 golpes con un látigo de tres puntas rematadas por bolitas de plomo o piedra, hecho traumático hasta la saciedad que hizo que el cuerpo de Jesús de Nazaret quedara poco más o menos tullido y convertido en una pura herida abierta, con más de un centenar de llagas provocadas por tan terrible flagelación que sin duda además del dolor insoportable le hizo perder fuerza y energía a raudales. Una prueba fehaciente de que su mal estado era evidente es que cayó varias veces durante los 600 metros que separaban la fortaleza Antonia del Gólgota situado a las afueras de Jerusalén (Su nombre proviene de la forma de calavera que tenían las rocas de una de sus laderas), además atado a un patíbulo -un madero de unos 50 kilos utilizado después como travesaño de la cruz-.

Una vez en la cruz, el cuerpo con vida de Cristo fue fijado a los maderos mediante clavos que atravesaron sus muñecas y el dorso de los pies, no atravesaron las palmas de las manos puesto que no hubieran soportado el peso del cuerpo. El óbito en los crucificados y especialmente en el caso de Jesús se producía por tres hechos determinantes, el primero por asfixia puesto que los brazos tenían que soportar todo el peso del cuerpo y en esa posición el compromiso respiratorio era evidente y los movimientos torácicos de inspiración y expiración se hacían cada vez más difíciles y complejos, sin dejar de lado el compromiso cardiovascular evidente que se producía en esta tremenda circunstancia. El segundo, en el caso del Nazareno, por la pérdida de sangre producida por los enormes traumatismos sufridos a través de la latigación, la coronación de espinas y la propia crucifixión al atravesarle con los clavos. Y el tercero y coadyuvante con el anterior la hipovolemia causada por la sudoración fruto del trasiego hasta el Gólgota, así como los vómitos que el condenado pudo padecer a lo largo de tan terrible proceso.

Todos ellos sin duda fueron motivos más que suficientes para producir un shock hipovolémico traumático y un fallo multiorgánico capaz de provocar el fallecimiento del reo en poco tiempo. Todo ello sin olvidar que Jesús de Nazaret fue atravesado en el tórax por una lanza de un soldado romano presente en tan doloroso tormento que contribuyó sin duda a concluir con los hechos resumidos y narrados en estas breves líneas.

La Pasión de Cristo (también conocida como La Pasión), una película dramática estadounidense de 2004, dirigida por Mel Gibson y protagonizada por Jim Caviezel como Jesús de Nazaret, recrea su Pasión a veces de una forma lancinante, y pone de manifiesto todos los acontecimientos que terminaron con la muerte del Crucificado.

Este pasaje de la historia contado por tantos y recogido muy especialmente en los evangelios es uno de los hechos más dramáticos de nuestra historia que no hace sino poner de manifiesto la barbarie a la que el ser humano es capaz de llegar cuando la ofuscación, la envidia, la ira, el orgullo, la ambición o la vanidad se aúnan en pos de un objetivo desgraciado como este.


Firma Fernando Mugarza

Dr. Fernando Mugarza

Doctor en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid. Médico de Familia. Especialista en Medicina de la Industria Farmacéutica. Master en Dirección Médica y Gestión Clínica. Master en Gestión y Dirección de Empresas. Master en Periodismo Científico y Médico, Experto en Responsabilidad Social Corporativa de Comunicación, Relaciones Institucionales y Marketing. Director de Comunicación en laboratorios Beecham, laboratorios SmithKline Beecham –SB-, Fundación SB, Grupo Novartis, Fundación Salud Innovación y Sociedad –SIS-, en el Grupo Hospital de Madrid (HM Hospitales) y actualmente en Zeltia y el Instituto para el Desarrollo e Integración de la Sanidad (IDIS).

Linkedin