Recientemente hemos asistido a un hecho que ha sorprendido y llamado la atención a todos los que hemos tenido la oportunidad de escuchar o leer la noticia de que el consumo de carne procesada (“carne que ha sido transformada a través de la salazón, el curado, la fermentación, el ahumado, u otros procesos para mejorar su sabor o su conservación”) y de carne roja (“carne muscular de los mamíferos”) incrementa de forma sensible el riesgo de padecer cáncer de colon fundamentalmente. Tal es así que en más de un medio de comunicación social ha comparado el hecho de consumir carne frecuentemente con el consumo de tabaco en términos de riesgo para la salud.

 

La OMS ha emitido recientemente un comunicado en el que apunta que la carne roja podría incrementar dicho riesgo y que la que se encuentra procesada también, todo ello basado en un estudio publicado en The Lancet Oncology. Dicha publicación científica plantea en su versión “online” una noticia en ese sentido procedente de la Agencia Internacional de Investigación en Cáncer (IARC), su contenido ha hecho correr ríos de tinta, ocupado páginas en muchos medios de comunicación “online y offline”, ha abierto informativos en medios audiovisuales, ha sido protagonista en redes sociales y ha generado grandes titulares, todo ello sin profundizar en los datos aportados por la propia nota de prensa original evaluando el sentido de la misma; probablemente la lectura del artículo científico completo habría despejado muchas dudas y ayudado a su vez a matizar aquello que después se ha transformado casi en categórico dado el volumen de información vertido al respecto.

No es motivo de estas breves líneas advertir sobre la responsabilidad que los medios de comunicación puedan tener o no en aquello que está relacionado con la Salud, pero sí que es bueno poner de manifiesto la importancia de disponer de la opinión de los expertos que pueden modular, evaluar y completar la información acerca del alcance real que aportan los datos incluidos en un informe o en un estudio científico, especialmente en aquellos en los que los propios datos puedan generar preocupación y dudas en la población.

shutterstock_54212218Son muchas las variables e indicadores que aparecen cada día en múltiples publicaciones científicas de todo el mundo y en su traslación a la sociedad sería bueno que estuvieran perfectamente calibradas en cuanto a su confianza, ámbito, rango, recorrido, aplicación e impacto social para evitar unas veces esperanzas infundadas en el paciente o en otras preocupaciones desmedidas en él mismo o en la sociedad.

Si nos centramos en el asunto de la carne procesada y en la carne roja, todos somos conscientes de las recomendaciones de nutricionistas y expertos en dietética en relación a la importancia de seguir una dieta variada, equilibrada y diversa adaptada a cada individuo. Disponemos además de la pirámide nutricional o alimenticia, donde se recoge de una forma clara las recomendaciones de consumos de los principales alimentos y nutrientes. En el caso de la pirámide de la dieta mediterránea este aspecto queda perfectamente reflejado, nos invita a que en el caso de la carne roja se haga un consumo no superior a dos o tres veces por semana en cantidades moderadas y, sobre las carnes procesadas explica que se han de consumir también de una forma prudente. Es decir, como dicen los expertos en la materia, en nuestra dieta diaria se deben introducir cereales integrales, verduras, frutas y aceite de oliva virgen entre otros, pero sin olvidar el resto de alimentos que deben consumirse de una forma más espaciada y por supuesto adecuada a las necesidades de cada cual.

Según la OMS el riesgo incremental que una persona asumiría cuando hace un consumo habitual, más de 100 gramos diarios de carne roja o más de 50 gramos diarios de carne procesada es del 17 y 18% respectivamente, es decir que incluir este tipo de alimento eminentemente proteico de una forma habitual, cotidiana, es decir en la dieta de todos los días, en contra de lo que recomiendan los expertos y las especificaciones de las pirámides nutricionales comentadas, no sería recomendable.

Este aspecto no incita a que debamos eliminar el consumo de carne de nuestra dieta, ni que su consumo sea excepcional, más bien a lo que invita es a la moderación, como en casi todo lo relacionado con la salud. Es decir, debemos de atender a las recomendaciones que nos aportan los profesionales, los especialistas en esta materia. Podemos deleitarnos con una suculenta carne o con un embutido de calidad apelando a la máxima de la moderación y la ponderación.

España es una tierra donde la carne, el jamón o el embutido tiene unas cualidades diferenciales de calidad y tal es así que en no pocas zonas se promueven las denominaciones de origen, y no es para menos, por ello y atendiendo a que podemos deleitarnos con sus cualidades es bueno pensar que degustar en ocasiones una buena carne o disfrutar con una tabla de embutidos (de cuanto mejor calidad mejor) seguro que nos hará sentir y vivir un momento diferente, disfrutando, que al fin y al cabo el gozar es una buena forma de sentirnos también más saludables.

Moderación y prudencia son virtudes que deberían primar en nuestra vida, especialmente en todo lo relacionado con la salud. Por ejemplo, ejercicio sí pero con moderación y personalizado, alimentación variada y prudente también, pero atendiendo a las especificaciones que marcan los expertos e información sobre salud en los medios por supuesto que sí pero procurando al máximo por la objetividad y la fiabilidad, buscando ser contrastada y siempre prudente en todo lo relacionado con las expectativas que se puedan generar o las preocupaciones innecesarias que se puedan despertar de cara a los pacientes.

La moderación y la prudencia son virtudes que se encuentran al alcance de todos y deberían ser moneda de uso común en este ámbito tan sensible de la salud que tanto nos preocupa y ocupa a todos.