Hoy nos toca vivir un cambio sin precedentes en cuestión de valores, ni mejores ni peores, simplemente distintos. A los que son de mi generación nos han enseñado e inculcado en muchos casos el valor del trabajo en sí mismo y conniventes con él todo lo que somos capaces de alcanzar a través del esfuerzo denodado, muchas veces desmedido en pro de una serie de aditamentos vitales que teóricamente nos permiten alcanzar una posición más holgada y un reconocimiento social y profesional a todas luces efímero.

Aquellos que tenemos hijos más allá de los 20 años, entre los 20 y los 30, vemos como sus valores están más relacionados no tanto con esa forma de ver la vida, sino más bien y al contrario con una forma de afrontarla en la que impera el equilibrio entre la calidad de vida bien entendida y todo lo que ello conlleva, es decir el tiempo destinado a uno mismo, y la dedicada al entorno laboral.

Esta visión se contrapone frontalmente a la búsqueda de modelos pretéritos como el que he dibujado que desde luego poco tiene que ver en la mayoría de los casos con la felicidad, concepto que por otra parte no está del todo claro, ni hay consenso, de a qué nos referimos cuando hablamos de ella con tanto desparpajo.

Probablemente esté relacionada y tenga mucho que ver con la ilusión, la esperanza y la libertad, es decir, con la sensación de elegir, desarrollar lo elegido con pasión, esperar y procurar por que se vean cumplidos nuestros anhelos, conseguirlos unas veces sí y otras no, afrontar el fracaso como una lección que nos impulse aún más hacia un cambio positivo y todo ello bajo el denominador común de la libertad como principio fundamental ético y moral inherente al ser humano.

shutterstock_73554022Quizás se trate de la eterna diferencia generacional imbricada con las diferentes formas de vivir la vida, asociadas a las circunstancias en que cada cual le toca vivir. Si tuviera hoy los “arrestos” y energía suficientes para elegir, desde luego me inclinaría por esta nueva visión que muchos jóvenes aportan a este cambio generacional tan necesario, semilla de lo que ha de ser una nueva sociedad asentada más en valores intangibles que en principios tangibles asociados al poseer, bien sea posición social, poder económico, capacidad de influencia, etc… en definitiva sensación de poder y posición acomodada como eje vital.

La fábula de Esopo

Una fábula atribuida a Esopo dice que había una vez una rana sentada en la orilla de un río, cuando se le acercó un escorpión que le dijo:

-Amiga rana, necesito cruzar el río. ¿Podrías llevarme en tu espalda?

-No. Si te llevo en mi espalda, me picarás y me matarás.

-No seas tonta -le respondió entonces el escorpión, si te picase, me hundiría contigo y me ahogaría-.

Ante esta respuesta, la rana accedió. El escorpión se colocó sobre la espalda de la rana y empezaron a cruzar el río. Cuando habían llegado a la mitad del trayecto, el escorpión picó a la rana. La rana, al sentir picotazo del escorpión, le dijo:

-¿No te das cuenta de que tú también vas a morir – A lo que el escorpión respondió:

-Lo siento, rana, es mi naturaleza.

La moraleja de la historia tiene múltiples vertientes, pero al parecer la que genera más consenso es que no debemos de engañarnos con los demás al creer que son o pueden ser otros y actuar de otra manera que vaya en contra de su forma de ser y actuar y mucho menos debemos engañarnos a nosotros mismos acerca de quiénes somos.

shutterstock_152017490Esta pequeña moraleja, me lleva a pensar en las personas que tanto en la vida personal como en la profesional, bien sea por inconformidad con ellos mismos, bien por un complejo de inferioridad no asumido, bien por su sensación constante de fracaso frente a expectativas incumplidas, bien sea por lo que sea, la cuestión es que tratan de hacer imposible la vida a los que tienen alrededor, generando entornos familiares, sociales y profesionales ásperos, espesos, densos, difíciles de respirar, comprender y menos aún de asumir.

Si nos fijamos en ese perfil dentro del entramado profesional, desde luego que si hay una consecuencia directa de dicha actitud, y es que así se generan ambientes de trabajo con un clima laboral negativo, donde la desilusión progresiva, la desesperanza e incluso la propia libertad, o al menos el sentimiento de ser libres atenazados por la falta de expectativas profesionales fuera, campan por sus respetos. Desde luego es la mejor forma de regresar a entornos pretéritos, pluscuamperfectos, perfectamente reflejados por el famoso novelista inglés Charles Dickens hace ya muchos años en su Cuento de Navidad.

Si recordamos, el protagonista es el señor Ebenezer Scrooge, un hombre avaro y tacaño que no celebra la fiesta de Navidad a causa de su solitaria vida y su adicción al trabajo. No le importan los demás, ni siquiera su empleado Bob Cratchit, lo único que le importan son los negocios y ganar dinero. Una noche, en víspera de Navidad, Scrooge recibe la visita de un fantasma que resulta ser el de su mejor amigo y socio Jacob Marley, que muere siete años antes del inicio de la historia. Esa noche, Scrooge convive con el Fantasma de la Navidad Pasada presenciando numerosas escenas, entre ellas una escena muy triste, en la que su novia lo deja debido a que se había vuelto rico y no le importaba ya la Navidad. Después es visitado por el Fantasma de las Navidades del Presente, que le hace ver al avaro en pleno apogeo; y tras él le visita el Fantasma de la Navidad Futura, mudo y de carácter sombrío, le muestra lo más desgarrador, el destino de los avaros, la soledad, y su propia tumba, ante la cual Scrooge se horroriza. Finalmente el cambio lo vive el propio Scrooge cuando termina por celebrar la Navidad habiéndose producido en él un cambio radical de actitud para con los demás… finalizando con la memorable frase del pequeño Tiny Tim… y que Dios nos bendiga a todos, acogiendo con generosidad y grandeza de miras incluso a quien ha hecho la vida imposible a los demás.

Pues bien de esta otra moraleja se puede extraer una palabra que es consecuencia de este tipo de actitudes en el trabajo la de la soledad con mayúsculas, la soledad mayestática producida por el sentimiento de hacer infelices a todos los que rodean a estos perfiles perniciosos y el alejamiento progresivo, el recelo y el rencor que terminan anidando en la propia organización.

Desgraciadamente, y a pesar del enorme daño y dolor que generan estos perfiles, lo más grave es que terminan por gangrenar a la propia institución, creando una reputación negativa basada en la desconfianza y el recelo tanto externo como interno

Desgraciadamente, y a pesar del enorme daño y dolor que generan estos perfiles, lo más grave es que terminan por gangrenar a la propia institución, creando una reputación negativa basada en la desconfianza y el recelo tanto externo como interno. Por muy positivos que sean los resultados tangibles, financieros, al final estas organizaciones entran en vía muerta y como los trenes a vapor sólo quedan para el recuerdo, el ejemplo y el escaparate de cómo no se deben hacer nunca las cosas.

Moraleja: cuando identifiques a un escorpión no trates de cambiarlo, mantente a una distancia prudencial que te permita ser tú mismo y vivir tu propia felicidad en tu circunstancia. Y cuando veas a alguno de los incontables Scrooge que hay desperdigados aquí y allá, plantéate si merece la pena hipotecar tu vida y puedes permitirte el lujo de no hacerlo, la felicidad está al alcance de todos y como dice el guionista de la película “The Way”, recordemos que la vida no se elige, se vive, y por cierto, se vive tan solo una vez.