Hoy creo que todos estamos un poco más solos, una noticia que nos llegó desde el Hospital Carlos III de Madrid y hace unos días desde África nos ha dejado a todos un poco más huérfanos, un poco más necesitados de que personas como el padre Miguel Pajares, el hermano George Combey, la hermana Chantal Pascaline…. Sigan apareciendo en este mundo plagado de asimetrías y diferencias.

Esta vez ha sido el virus del Ébola, pero en otras han sido otro tipo de agentes infecciosos, accidentes, violencia incesante, absurda e innecesaria, etc… los que se han llevado por delante la vida de personas, muy próximas a nosotros, que realizan su labor de ayuda de una forma callada, sin estridencias, con una vocación, devoción y entrega admirables. Parece como si en ellos lo extraordinario fuera una cuestión de rutina diaria y de normalidad. Me estoy refiriendo a todos aquellos que entregan su vida, su dedicación y su tiempo en ayudar a los demás, especialmente a los más desfavorecidos. De entre ellos, en esta breve tribuna me gustaría resaltar y poner el énfasis y el acento en las órdenes religiosas que ponen su empeño en consolar y prestar su ayuda más desinteresada y tenaz en los lugares más recónditos del planeta.

La enfermedad no conoce de clases, ni religiones, ni banderas, ni colores políticos; la enfermedad es consustancial al ser humano desde sus orígenes y su consecuencia siempre es la depauperación del organismo, teniendo su máxima expresión en el progresivo deterioro de las funciones vitales y por lo tanto en la postración y la muerte. Dicho esto, también es cierto que la enfermedad, especialmente los procesos transmisibles, infecciosos, se ceban con aquellas comunidades más desfavorecidas, aquellas en las que la pobreza lleva consigo la falta de recursos para las más elementales necesidades y la carencia de información, formación y educación sanitaria adecuadas para paliar sus devastadores efectos.

Es en estos entornos, a veces de profunda miseria y abandono, donde estas comunidades religiosas desarrollan su tarea, en silencio, sin tratar de apabullar a nadie con sus metas y sus logros. Su recompensa está en la mirada y los sentimientos de esa legión de personas que por su mala fortuna han tenido la desdicha de nacer probablemente en el lugar equivocado.

La salud tampoco entiende de fronteras, el conocimiento, las medidas y la tecnología necesarias para implantar programas de promoción de la salud son de sobra conocidos, experimentados y evaluados en sus resultados. Por ello, y en este mundo plagado de desigualdades que hemos creado, ya va siendo hora de que veamos a este planeta ciertamente hostil y competitivo como una “aldea global”, pero no solo para las cuestiones técnicas relacionadas con el trasiego de información y desarrollo de la comunicación en aras a gestionar de la forma más adecuada posible el conocimiento disponible, sino para comprender de una vez por todas que el secreto de la felicidad personal y social se encuentra en la fraternidad, en la ayuda y en la entrega a los demás.

Todos dicen que disfruta más quien da que quien recibe, no cabe duda que es una gran verdad. El ser humano es perecedero y no está preparado ni capacitado para sobrevivir más de un puñado de años y conforme se va recorriendo el camino de la vida, todos nos damos cuenta de que por mucho que tengas y poseas, siempre hay algo que nunca podrás comprar, el tiempo, la felicidad y el amor sincero de los demás.

Creo a pié juntillas que nuestra sociedad está en deuda con todos ellos, con esa legión de nombres sin rostro a los que todos les debemos que este mundo no termine siendo insoportable por sus egoísmos infundados y su avaricia desmedida. Todos mantenemos con ellos no una deuda pecuniaria, más bien una deuda de afecto, de reconocimiento y lo que es más importante, de apoyo moral, económico y humano a su denodada tarea en pro y en beneficio de los demás.

Si por mí fuera no solo les daría todos los premios más apreciados y deseados, sino que les otorgaría la posibilidad de que pusieran la semilla de su solidaridad en todos nuestros corazones, especialmente en los de nuestros dirigentes, de esta forma seguro que muchas heridas del corazón se verían restañadas y esta civilización trepidante, a veces insensible y hedonista en su vertiente de riqueza y ostentación, se vería redimida por sus obras y no castigada en sus entrañas por su constante egoísmo y más que evidente ambición.


Fernando Mugarza

Dr. Fernando Mugarza

Soy médico (doctor en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid), Médico de Familia y algunas cosas más relacionadas con la comunicación y la empresa. Me gustan cuatro cosas en las que me vuelco, mi familia, mis amigos, un buen viaje a cualquier lugar y una buena mesa, eso sí, con tertulia incluida… ¡Ah!, me encanta escribir, la comunicación y montar en bici. Me apasiona mi tierra, Aragón, cualquier día nos vemos por Pirineos caminando por esos vericuetos cargados de historia y leyenda.