Si le preguntase a algún paisano de mi pueblo diría que “hacía años que no veía un invierno como el de este año” y es que todos nosotros estamos cansados de ver imágenes de las grandes nevadas que pintan de blanco paisajes a un lado y al otro del charco. Pero por mucho frío que haga fuera, nuestro cuerpo siempre intenta mantenerse impasible conservando una temperatura interna constante. ¿Cómo lo consigue? Nuestra calefacción central es la respuesta.

Ya sea que estemos de vacaciones dando un paseo en camello por el desierto como en la Antártida, nuestro organismo debe mantener sus condiciones internas estables para seguir funcionando. Y dentro de estas estables condiciones se encuentra la temperatura. En concreto 37,1ºC, o punto de ajuste, es la temperatura por la cual el cuerpo libra su batalla interna para alcanzarla y mantenerla. Tal como escribieron Arthur C. Guyton y John E. Hall en su «Tratado de Fisiología médica», «en general, un cuerpo desnudo mantenido en una atmósfera seca entre 12ºC y 55ºC puede mantener una temperatura central normal de 36 ºC a 37,5ºC». Pero, ¿cómo funciona nuestro cuerpo para termorregularse?

shutterstock_160628771Pues bien, en nuestro cerebro, en concreto en el hipotálamo, existen un conjunto de nervios que funcionan recabando toda la información del organismo que recibe gracias a unos “sensores” presentes en nuestra piel que detectan la temperatura exterior y otros internos y envían esta información a los centros termorreguladores del hipotálamo quienes tomarán una decisión: producir más calor o enfriar el organismo.

Esta vez nos centraremos en la situación a la que nos enfrentamos cada vez que salimos a la calle estos días, y es que el organismo tiene que poner en funcionamiento nuestra calefacción interna para calentarse.

¿Cómo funciona esta calefacción que tenemos integrada en nuestro organismo?

Los mecanismos destinados a disminuir la pérdida de calor y que son activados por los centros termorreguladores son:
– Vasoconstricción periférica: consiste en el estrechamiento de los vasos sanguíneos que llevan la sangre a las zonas más externas del cuerpo y que, por tanto, son más propensos a perder su calor hacia el exterior. Esto baja aún más la temperatura de las partes más externas, razón por la que las manos se nos quedan entumecidas o la nariz por ejemplo.

– Piloerección o piel de gallina: la parte terminal del pelo se endereza gracias a la acción de unos pequeños músculos que están adheridos a los folículos pilosos. Aunque esto ya no tiene ninguna función en nuestra especie ya que hemos perdido casi todo el pelo corporal, en otros animales permite crear una capa de aire junto a la piel que actúa como aislante y que disminuye la pérdida de calor.

– Tiritona: es un mecanismo que permite al cuerpo producir calor. Se aumenta el grado de contracción de los músculos esqueléticos (los que no se controlan voluntariamente), lo que explica que cuando frío notemos el cuerpo entumecido y rígido. Si hace mucho frío aumenta el grado de contracción y comienza la tiritona que consigue aumentar la temperatura corporal.

– Aumento de la tasa metabólica: el organismo comienza a quemar más rápidamente los nutrientes que ingerimos o lo que tenemos almacenado en forma de reservas. Con esto conseguimos que se libere más energía en forma de calor.

Además de estos mecanismos de defensa frente al frío, nuestro organismo es muy sabio y provoca que sintamos una sensación incómoda cuando hace frío que nos lleva a buscar un lugar más cálido o incluso a abrigarnos más.