Parece como si no todos fuéramos sensibles al tiempo ni a sus vicisitudes, hay personas que viven ajenas a su circunstancia y consecuencia, como si fueran inmunes a su paso. Las veinticuatro horas que tiene el día son para todos iguales y con ello no pretendo discrepar o poner en tela de juicio la circunstancia de cada cual, los desequilibrios que son evidentes, las asimetrías que genera nuestra sociedad y las injusticias patentes y evidentes a todas luces.

Me quiero referir expresamente al concepto de felicidad, esa especie de deseo anhelado, de quimera distante que todos perseguimos a lo largo de nuestras vidas. Muchos se han preguntado, ¿quién es más feliz, quien derrocha y tiene bien cubiertas las espaldas o quien sabe disfrutar y comparte cada minuto de su tiempo haciendo el bien y aquello que más le gusta, motiva y apasiona aun sin disponer de ese derroche de recursos que al primero envuelve?

Vivimos en una sociedad que aplaude sobremanera a dioses efímeros, el éxito profesional, el éxito económico, el poder, el escalafón, el reconocimiento social, el hedonismo, sin tener en cuenta otros aspectos inherentes al ser humano como son la libertad, la verdad, la honestidad, la honradez, la altura de miras, en definitiva el desapego a la vanidad más exacerbada y exultante que premia a quien más tiene, avaricia y ambiciona y penaliza a quien por el contrario parece no ansiar de esos placeres.

Cuántos famosos, notables, distinguidos, dirigentes, grandes profesionales, eruditos o mandatarios han dejado algún tipo de poso en muchos de nosotros, pienso que más bien escasos. En mi época de estudiante de colegio, hace ya muchos años, aprendí y leí sobre sus vidas, obras y hazañas, pero la verdad es que salvo por el ímpetu de la juventud y la necesidad de aprobar las asignaturas, a lo largo de mi vida son muy pocos, contados con los dedos de una mano los que me han dejado algún tipo de huella. Los he podido mirar, de hecho me obligaron a mirarlos, pero hoy, con el paso de los años desde luego que reconozco que no los puedo admirar puesto que no sé nada y nada se habló ni se habla de la integridad y plenitud de sus vidas.

Esta tribuna pretende ser un homenaje a la legión de personas eminentemente saludables, anónimas, que cada día hacen que sea un día especial para todos los que les rodean, que trascienden a sí mismos y que son capaces de dar todo a cambio de nada.

La pregunta es, según la definición de salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ¿se puede considerar sano o enfermo a quien no manifiesta una preocupación y equilibrio por los aspectos intangibles e inmateriales de la vida pertenecientes al orden psíquico, metafísico, espiritual, social y relacional?, la respuesta que me doy a mí mismo es un no mayestático a lo saludable de su actitud, y sí a que son pacientes a los que pocos o nadie se atreven a decirles la triste verdad de su triste existencia, que van desnudos a pesar de que se creen revestidos de todos los honores y oropeles con los que esta sociedad es capaz de premiar el éxito aparente, tangible, medible, auditable y fácilmente comparable.

La felicidad es muy difícil de alcanzar y más aun en un plano temporal dilatado, pero la infelicidad es fácil apropiarse de ella y nadie es inmune a sus efluvios, tenga poder, dinero, influencia, posición, renombre o condición social, es igual, la infelicidad es en buena parte el mal y pesar de nuestros días aunque sea consustancial a la propia historia del hombre y de la humanidad.

Sin dilatarme más en disquisiciones, esta tribuna pretende ser un homenaje a la legión de personas eminentemente saludables, anónimas, que cada día hacen que sea un día especial para todos los que les rodean, que trascienden a sí mismos y que son capaces de dar todo a cambio de nada, que ven en sus seres queridos y en su entorno un motivo esencial de ser y de existir, que ven en los demás la razón para entregar buena parte o toda su existencia; que hacen de la verdad, la honestidad, la honradez, la prudencia, la ilusión y la pasión por sus valores la auténtica razón de sus vidas, que viven sin grandes anhelos pero que hacen de la metafísica, de lo inmaterial, de los valores universales y de la ética la razón fundamental de sus vidas y de su existencia.

Probablemente, desgraciadamente, no son ni serán noticia jamás ya que las noticias cotidianas suelen resaltar los errores, las tragedias, las miserias, el infortunio, las catástrofes, la violencia, el desamor o los éxitos y fracasos materiales. En pocas ocasiones veremos correr ríos de tinta por aquellas personas, grupos y equipos que aportan luz, candor, virtud, esperanza y rayos de felicidad en aquellos lugares donde se encuentran, actúan y operan. Esa legión silente y anónima nunca serán noticia salvo por algún hecho puntual como ha sido ahora el caso del Ébola o lo fue no hace tanto la epidemia de VIH o las catástrofes naturales y accidentes acaecidos en los últimos años, donde algunos han prestado su ayuda, conocimientos, voluntad y tiempo de una forma desinteresada.

En fin, que este “pensamiento alegre” y breve vaya en honor y reconocimiento de todos ellos, a ver si entre todos conseguimos que la polaridad de este mundo globalizado y alejado muchas veces de toda proximidad y compasión, se transforme para nuestros hijos y sus descendientes en un mundo más habitable, en un planeta plagado de valores éticos, donde el ser prevalezca sobre el poseer y no al contrario como viene ocurriendo hasta ahora. A ver si entre todos somos capaces de hacer este sueño realidad.