Quién más quién menos nos sonrojamos ante determinadas situaciones, un comportamiento exclusivo de los humanos que a muchos incomoda. Es más, algunos padecen la llamada eritrofobia, pánico a ponerse colorado. El problema es que es incontrolable, totalmente involuntario, imposible de fingir y ni si quiera sabemos por qué ocurre. Existe una operación que nos hace perder esta “habilidad”, y varias teorías científicas que la explican.

Algunas personas no lo notan, a otras les resulta completamente indiferente y otras sufren el llamado pánico a ruborizarse (eritrofobia). Sea como sea, científicos, antropólogos y psicólogos han intentado hallar el origen del rubor sin llegar a una conclusión determinante. Sabemos que no es una enfermedad, sino más bien una respuesta fisiológica que normalmente se asocia a sentimientos de culpa y de vergüenza y que surge cuando hay una hiperactividad del sistema simpático que hace que los vasos sanguíneos de la cara se dilaten, pero ¿por qué nuestro organismo reacciona así? Tres modernas teorías científicas tratan de explicarlo.

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Empezamos por la más aceptada por la comunidad científica: la teoría comunicativa. Según esta teoría el rubor pretende transmitir a los demás que somos conscientes de nuestros actos, por lo que sería algo positivo haciéndonos más fiables para los demás, según explica el profesor en psicología experimental de la Universidad de Groninga Peter J. de Jong en su libro The Psycological Significance of the Blush.

Otra teoría habla de la atención social indeseada. Es decir, el rubor hace que el observador desvíe la atención para ayudar a la persona ruborizada a recuperarse de la situación incómoda por la que pasa. La tercera teoría, denominada la de la exposición, señala que las personas nos sonrojamos cuando una información personal y privada es descubierta o corre el peligro de ser descubierta.

Otras curiosidades que han surgido en relación a los estudios realizados sobre el rubor, señalan que normalmente el observador se percata del rubor antes que el sonrojado; que las personas con piel oscura se preocupan menos del asunto aunque su incidencia es la misma, y que las mujeres, en general se sonrojan más a menudo que los hombres. El verdadero miedo a ruborizarse es debido a que quien lo sufre considera que su intensidad es mucho más elevada de lo que en realidad es, es decir sobreestima su efecto. Además existen estudios que demuestran que las personas que padecen eritrofobia se sonrojan más que el resto.

Como de momento se desconoce qué es lo que origina esta respuesta fisiológica, la única solución cuando este problema supone un nivel de estrés importante para quien lo padece pasa por el quirófano. Se trata de una operación que lleva años realizándose y que consiste en seccionar el nervio simpático a la altura de las primeras costillas. Una operación sencilla que puede tener consecuencias como un aumento de la sudoración, pero que según corroboran los expertos, funciona.