Por ser el mejor me quedé sin nada, y esto lo podrían suscribir muchos deportistas que han visto truncado su sueño por recurrir al dopaje a la hora de participar en una competición deportiva.

El término “dopaje” se refiere a toda medida que pretende modificar, de un modo no fisiológico, la capacidad de rendimiento mental o físico de un deportista, así como eliminar, sin justificación médica, una enfermedad o lesión, con la finalidad de poder participar en una competición deportiva. Estas medidas pueden ser la utilización de métodos o sustancias prohibidas en la reglamentación en vigor. La mayor parte de las sustancias prohibidas se pueden encontrar en el Vademecum, es decir, tienen sus indicaciones terapéuticas y sus efectos secundarios.

Desde hace muchos años el hombre ha utilizado múltiples recursos para obtener un mayor rendimiento, tanto físico como psicológico. Así, griegos y romanos utilizaban hidromiel  como estimulante del SNC  y vino,  por sus efectos inhibidores y relajantes, para obtener un mayor rendimiento en las pruebas olímpicas de la época. En las Olimpiadas del s. III d.C., los atletas usaban preparaciones a base de extractos de plantas, semillas y hongos, para favorecer su rendimiento. Podemos decir por tanto, que la historia del dopaje se remonta a los Juegos Olímpicos de la Grecia Clásica, aunque, no es hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando comienza su auge.

Ya griegos y romanos utilizaban hidromiel como estimulante del SNC y vino, por sus efectos inhibidores y relajantes, para obtener un mayor rendimiento en las pruebas olímpicas de la época.

La polémica surgió cuando se registraron los primeros efectos graves como consecuencia del dopaje. El primer fallecido conocido fue el ciclista Arthur Linton a los 29 años, dos meses después de haber ganado la carrera Burdeos-Paris de 1896.

Un momento clave en la historia del dopaje, se desarrolló con dos acontecimientos. El primero fue la descalificación de Ben Jhonson como ganador de la final de 100 metros lisos, en las Olimpiadas de Seúl en 1988, tras haber dado positivo en el control antidoping por stanozolol (un esteroides anabólico-androgénico). El segundo fue la expulsión de la plantilla del equipo Festina en el Tour de Francia de 1998, al detectárseles grandes dosis de EPO (eritropoyetina) y diversos medicamentos con finalidad dopante.

Hoy, fármacos y transfusiones de sangre siguen siendo los métodos más utilizados con este fin, pero los avances en biomedicina han acelerado la innovación también a la hora de hacer trampas. Los laboratorios acreditados por la Agencia Mundial Antidopaje se enfrentan a nuevos retos, como el del dopaje genético, que les obliga a detectar variantes genéticas introducidas en los atletas para ser los mejores. El próximo objetivo del dopaje es el cerebro. Las técnicas de estimulación neuronal podrían convertirse en la nueva artimaña para aumentar la fuerza muscular, reducir la fatiga y potenciar la concentración durante los entrenamientos y el campeonato, lo que se llamaría “neurodoping”. Se ha publicado un artículo de la Universidad de Swansea en la revista Sports Medicine. Según este estudio, estimular el córtex prefrontal puede fomentar el aprendizaje, mientras que excitar las áreas motora y sensorial durante el ejercicio optimizaría las reacciones rápidas. Esta estimulación no invasiva se realizaría mediante estimulaciones magnética transcraneal (TMS) y eléctrica transcraneal (tDCS). La excitación de la corteza motora refuerza la señal que el cerebro manda al músculo para que continúe trabajando y dé más de sí en una competición.

Ver veremos…