La resistencia a los antimicrobianos es la resistencia de un microorganismo a un medicamento antimicrobiano al que originalmente era vulnerable. Los organismos resistentes (bacterias, hongos, virus y algunos parásitos) pueden resistir ataques de medicamentos antimicrobianos tales como antibióticos, fungicidas, antivirales y antipalúdicos, de tal forma que los tratamientos convencionales se vuelven ineficaces y las infecciones persisten, lo que incrementa el riesgo de propagación.

 

La resistencia a antibióticos es un fenómeno que se viene produciendo desde hace tiempo. Las bacterias cuando se sienten “atacadas” van generando mecanismos de defensa, enzimas que trata de bloquear la actividad de los principales principios activos del arsenal antibacteriano. Un ejemplo típico es la producción de betalactamasas para tratar de inactivar a los antibióticos betalactámicos, un grupo de antibacterianos de los más conocidos y utilizados ya que incluyen a los penicilánicos o penicilinas y sus derivados, así como a las cefalosporinas y otros relacionados.

La resistencia a antibióticos comienza prácticamente desde que se descubre la primera penicilina y en muchas ocasiones esta resistencia viene derivada del uso indebido de los antibióticos o del mal cumplimiento terapéutico.El mal uso de los antibacterianos se produce por ejemplo cuando nos son administrados o nos autoprescribimos uno fuera de indicación, por ejemplo, ante procesos de carácter vírico donde los antibióticos no presentan ninguna actividad, tal es el caso del catarro común, de la gripe, o de tantos procesos virales de diversa localización y entidad que no son reactivos a las propiedades de los antibióticos.

La resistencia a antibióticos puede producirse cuando decidimos nosotros mismos prematuramente dejar de tomar o administrarnos un antibiótico a lo largo de un proceso bacteriano el que sea.

Otra forma de adquisición o desarrollo de resistencias por parte de las bacterias se produce cuando realizamos un mal cumplimiento terapéutico, es decir cuando no hacemos un seguimiento exhaustivo de las indicaciones prescritas por nuestro médico. Traducido de otra manera, cuando decidimos nosotros mismos prematuramente dejar de tomar o administrarnos un antibiótico a lo largo de un proceso bacteriano el que sea. Con ello lo que estamos haciendo es permitir que el germen se desarrolle de nuevo en nuestro organismo con el consiguiente riesgo de que aumente su agresividad o manifieste determinadas resistencias que hagan que el antibiótico ya no sea eficaz.

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La resistencia a los antibióticos puede surgir cuando nos automedicamos.

El problema de este mal uso o mal cumplimiento terapéutico es que en algunos casos, cuando las resistencias afloran y especialmente en pacientes graves, inmunocomprometidos o muy deteriorados, es muy complejo encontrar antibióticos eficaces, es el caso por ejemplo de algunas bacterias denominadas “meticilin resistentes”, es decir, que son resistentes incluso a antibióticos específicos para vencer dichas resistencias en el caso de los betalactámicos, lo que conlleva sin duda un riesgo exacerbado para este tipo de pacientes que llegan a poner en compromiso su vida.
La investigación biomédica ha dado con nuevas moléculas capaces de vencer algunas resistencias bacterianas, tal es el caso del ácido clavulánico, que es también un betalactámico que actúa inhibiendo la acción de las betalactamasas que producen algunas bacterias y por ello se asocia a antibióticos de amplio espectro como es el caso de la amoxicilina.

En cualquier caso y aunque la ciencia avanza, como dicen los expertos, la lucha antibacteriana es como un partido de tenis, unas veces vas tú por delante, la ciencia, y otras este complejo mundo de las bacterias y los gérmenes en general se defienden y realizan una estrategia defensiva que compromete la habilidad y el conocimiento de los científicos.

Algunos consejos sencillos de seguir para contribuir a que no se generen estas resistencias son:

1. No a la autoprescripción, para eso está el especialista, el médico o el profesional sanitario.

2. Acudir al médico siempre que sospechemos de cualquier tipo de infección en nuestro organismo.

3. Seguir el tratamiento impuesto, es decir, realizar un buen cumplimiento terapéutico.

4. No mantener “botiquines” en casa, es decir, acumular medicamentos que después tomamos según nuestro propio criterio.

5. No tratar de ser médico de los demás aconsejando según nuestro propio saber y entender.